Gobernador en Aruba, pero su provincia bajo el agua

Gobernador en Aruba, pero su provincia bajo el agua

La foto de Osvaldo Jaldo en Aruba, tomada durante sus vacaciones y difundida mientras se recuerdan las inundaciones que afectaron a Tucumán, reabrió una discusión que va mucho más allá de una escapada al Caribe. El debate no es turístico. Es político. Y, sobre todo, es moral.

Mientras familias tucumanas lidiaban con anegamientos, pérdidas materiales, angustia y evacuaciones preventivas, la postal de un mandatario en una isla caribeña de alto costo no puede leerse como una simple anécdota privada. Es, para una parte importante de la sociedad, la representación visual de una desconexión. Una distancia. Un “mientras tanto” que duele.

En tiempos de redes sociales, las explicaciones llegan después. Y casi siempre llegan tarde.

Una foto puede condensar una percepción. Y en política, la percepción no es superficialidad; muchas veces es el termómetro más brutal de la legitimidad.

La gente puede tolerar errores. Lo que cada vez tolera menos es la sensación de abandono.

Cuando hay una emergencia climática, la ciudadanía no espera únicamente operativos, partes oficiales y organigramas de reemplazo. Espera presencia. Espera conducción. Espera, aunque sea, el gesto de alguien que entiende que no da lo mismo una playa que una provincia bajo el agua. No porque un gobernador tenga que convertirse en rescatista, sino porque el liderazgo también consiste en encarnar la gravedad del momento.

Y hay algo más: esta polémica no estalla solo por una foto ni por una interna tucumana. Estalla porque la sociedad argentina está agotada de ver dirigentes que, ante el dolor ajeno, primero cuidan la agenda personal y después la explicación pública. La sensibilidad social frente a las emergencias climáticas creció, y con razón. Cada temporal ya no se vive como un accidente aislado, sino como una prueba de carácter para quienes gobiernan.

Por eso la discusión de fondo no es si Jaldo podía o no viajar. La pregunta que importa es otra: ¿qué entiende un gobernante por responsabilidad cuando su pueblo atraviesa una situación crítica?

Si la respuesta es únicamente institucional, es insuficiente. Gobernar no es solo administrar. Gobernar es estar. Es dar la cara. Es saber que, en ciertos momentos, el cargo exige más que el reglamento.

La foto del gobernador de Tucumán asoleándose en Aruba exhibe algo que la política debería temer más que una crítica opositora: la imagen de un poder que parece lejos justo cuando la gente más lo necesita.

Y en democracia, cuando un dirigente se aleja de la escena del dolor, no se va de vacaciones: se va del corazón de su mandato.

Esa es la parte que la política tradicional subestima: los símbolos no son decoración. Son mensajes. Y el mensaje de esta imagen es demoledor porque se lee fácil: un poder cómodo frente a una sociedad en problemas.

El argumento de que “todo estaba institucionalmente cubierto” puede servir en una conferencia de prensa. Difícilmente alcance para una familia que perdió muebles, ropa, días de trabajo o la tranquilidad. En contextos de crisis, la formalidad administrativa sin cercanía humana suena a excusa.

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